Un dos tres por mi

Se acerca, ya lo vio, no te muevas –pensé-, sin embargo parecía que sabía perfecto dónde estaba. Le dio la vuelta, se aproximó, la oscuridad no fue inconveniente para que llegara a él por medio del instinto. De pronto se movió y salió corriendo, sin embargo su rapidez no fue suficiente: ¡Undostres por David que está atrás de la maceta de a lado de la casa! gritó Lucy; había que ser detallista para no entrar en discusiones tontas. Y así, uno a uno, a veces más rápido, otras no tanto, descubría a todos, aquél que tenía el castigo.

Los que lograban salvar al resto de los compañeros eran normalmente quienes corrían más rápido y llegaban a la base antes que el chico del castigo, casi siempre de menor edad y posibilidades físicas de acuerdo al tamaño. A veces, algunos sólo se salvaban a ellos mismos, mientras el que buscaba estaba lejos, en diferentes lugares, pero a otros les gustaba esperar, ser los últimos y poder decir la frase que salvara a todos y que llevara al castigo de nuevo a quien ya lo tenía. Hay ciertas frases que siempre dan poder…

La idea que nos llevaba a jugar escondidillas de noche era la emoción del miedo, las tinieblas y el tener que buscar lugares obscuros para evitar ser vistos. Siempre había quien salía con un escondite nuevo, que si funcionaba, lo ocupaba hasta que fuera encontrado; otros buscaban espacios de fácil acceso, otros en cambio, donde a nadie se le podía ocurrir. Yo era uno de esos.

¿Qué es un espacio sino el sitio que me habita o por el cual soy habitado? A veces siento por ejemplo, que el espacio en que me muevo es mi sombra, parte de mi cuerpo, sigue mis pasos y me envuelve todo y por eso cuando se acercan demasiado, me siento incómodo. El espacio en que me esconda deberá ser siempre mío, nadie lo habría ocupado antes, a nadie se le habría ocurrido. Mi espacio es personal y sin embargo, a veces es demasiado chico, me siento como asfixiado. Otras en cambio es tan grande que creo que no puedo abarcarlo todo y me pesa, me siento como perdido, nada me atrae a un punto en el que pueda refugiarme. El espacio que me habita es a veces ese en el que me escondo, y deja de ser tan mío cuando otro lo descubre y va a esconderse ahí mismo. Entonces me mudo con mi espacio a otro sitio. Mi espacio es fiel y aunque a veces no quiera, me acompaña –cuando no estamos jugando-, con todas mis cosas a todos los otros espacios a los que viajo. Esconderse es divertido porque en mi caso, paso mucho tiempo solo, viendo cómo me buscan, sintiendo los pasos ir y venir, escuchando los pensamientos en voz alta que se preguntan por mí que espero paciente como encapsulado en mi propio espacio, dentro de mi propio escondite.
Uno, dos, tres, “¿dónde me escondo?”, cuatro, cinco, seis, me fui a la cocina, destapé un refresco, me lo tomé, escuchaba la plática de los adultos, al rato salí, solo faltaba yo, nadie me había buscado ahí. Tranquilo como si no estuviera jugando y me quisiera integrar a la plática, caminaba entre ese nuevo espacio en el que era yo prácticamente invisible. Los que me buscaban estaban lejos; los que podían verme, no me buscaban. Yo en cambio, tenía el control de la situación: veía sin ser visto a los dos grupos, casi risible… La gente no ve. Busca demasiado las cosas y a las personas y simplemente no ve que las tiene en frente. Pues ahora estaba yo entre la cocina y el comedor, paseando tranquilamente sin ser visto hasta que al fin me descubrieron. Me vieron y se enojaron: no se vale, eso es trampa… pero ¿porqué?, no estaba más lejos que otros espacios, pero no lo aceptaron, arguyeron que parecía que no estaba jugando y en fin, que no era un buen lugar para esconderse, según ellos.

Para no contradecirlos, decidí evitar una explicación que al parecer no sería nunca entendida y acabé por buscar ahora yo. De todas formas, el juego me empezaba a resultar monótono. Pero yo era un buen espectador en varios aspectos; no sólo veía a dónde se iban los demás, sino los buscaba y los encontraba rápidamente. A algunos ni siquiera me molestaba en acercarme; sabía que estaban ahí porque ahí habían ido siempre.

Los escondites se volvían fácilmente reconocibles a mi mirada: un árbol, una maceta, una planta, arriba de unos troncos, debajo de un coche, de manera que, cansado de no-buscar –pues ya conocía casi todos los escondites-, decidí buscarme a mí mismo un nuevo espacio para la próxima vez que me escondiera, sin que se enojaran y donde tal vez podría hasta echarme una siesta en lo que ellos continuaban buscando en los lugares más convencionales.

Uno, dos, tres… veinte, veintiuno, veintidós….cuarenta y siete… sesenta… esperé a que todos se escondieran, y cuando iba a terminar el conteo, di unos cuantos pasos y me escondí. Después de que encontraron a todos, me levanté, me dio tiempo de sacudirme el pasto, efectivamente, me había quedado casi dormido. Caminé un poco y con toda mi serenidad, los sorprendí a todos, ya que cuando el del castigo no encuentra al último, el grupo entero centra su atención en el que falta.
Undostres por mí y por todos mis compañeros, grité. Todos gritaron espantados y nadie notó mi escondite.
Que ¿cuál era mi escondite? Lo volví a hacer, pero con una variante: me había acostado en la parte más plana del jardín, la oscuridad hizo lo suyo, casi me pisaron incluso, o sentía que me veían, pero nunca me moví.
Era un escondite que no constaba de la parte en donde esconderse, pero sí de la parte más importante de un escondite: lo desapercibido. Un no-lugar, un lugar a la vista parecería el peor escondite, pero la mirada de los que observaban estaba centrada en “los escondites”, en “los lugares para esconderse”. Este espacio a la vista, en lo inimaginable por su fácil acceso, por sus características, fue el mejor.

Era tal la intriga de todos, que tuve que decir cuál había sido mi escondite, ya que tan rara fue mi aparición que juraban había desaparecido. Yo les trataba de explicar cómo entre más sencillo sea el espacio donde uno se encuentra, menos se les ocurre a los demás buscar en él. Estaban tan sorprendidos, que ni siquiera pudieron enojarse. Al contrario, tenían mucho más ganas de jugar porque ahora todos querían buscar un sitio semejante. De manera que en el siguiente juego casi todos nos tiramos al piso, y el juego cambió de giro haciéndose más divertido: ahora se trataba no de encontrar el escondite, sino de reconocer a la persona escondida, o mejor dicho, acostada. Al que le tocaba el castigo, perdía varias veces por nombrar a alguien que no era. El juego devino en otro juego y así sucesivamente conforme se nos iban ocurriendo nuevas variantes. Por ejemplo, en vez de escondernos nos cambiamos la ropa y nos tiramos al piso. A pesar de que se hizo más interesante, tuvimos que dejar de jugar; la dificultad se había multiplicado.

El juego siempre me lleva a pensar en otras cosas. Me divierto pero al mismo tiempo pienso, ¿porqué atractores? ¿porqué pensar en atractores, siempre en puntos, puntos que saltan a la vista del que observa?, ¿porqué no buscar en algo que no atraiga tan fácilmente la atención, o en algo que no sea obvio sino al contrario, que pase desapercibido? Las cosas resultan más sencillas de lo que parecen si tan sólo se les diera menos importancia o la importancia que merecen. El hecho de desjerarquizar, no depende pues de los objetos, sino de la manera en la que se les mira.